Editado por la Universidad jesuita de Córdoba en la Serie Calíope.
Prefacio por Cristian Mitelman
En cualquier signo siempre hay un lugar que está vacío. En ese costado desértico, fantasmal, adviene la mirada de un intérprete. Pero el mismo intérprete también es un signo, de modo que todo acto de contemplación es una potencia de redes que se expanden, se tocan y dispersan para formar nuevas galerías donde transita el lenguaje del mundo.
Un vieja inscripción, el revoque caído, la hiedra que trama los filamentos del tiempo: vestigios que esperan ser transitados por el ojo que sólo es tal cuando él mismo se ha hecho filamento, ladrillo desnudos, palabra y fragmento de palabra.
Te has detenido frente a los muros de este libro para tejer sus cadencias. En cada línea hallarás esa porosidad que te permitirá reescribir el poema, tocar los silencios, escandir y crear sus ritmos.
Todo vestigio es deriva que crece.